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Momentos

Cada momento.

Otro día más, otro año más.... y me detengo para mirar al pasado. Dicen los psicólogos que sólo hay que mirar al pasado, si nos sirve para aprender, para orientarnos, reforzar las referencias... y no para caer en la nostalgia, el hastio o la melancolía, en la idea de que "todo pasado fue mejor".

Sea como fuere, el silencio, la soledad, el no tener quehaceres cotidianos, la mera contemplación.... nos lleva a pensar en lo que hicimos, en lo que fuimos, en el de dónde venimos. Y da vertigo.

Anoche pensé en todos los vericutos por los que he pasado, los sitios donde he dormido, la gente con la que he comido, los trabajos por los que he pasado, los momentos cumbres de mi vida que había tenido... y todo un sin fin de espacios, ambientes, personajes, situaciones claves, rememorables a lo largo de mi vida... y de cómo entre tantos vaivenes, casualidades, decisiones y demás elementos azarosos... he llegado a este momento.

Y no pretendo justificar la dignidad o la satisfacción de mi presente, mi "ahora". Sino, solo contemplar, urgar en el desván del recuerdo, cotillear en lo que fue, extrañado, siempre extrañado de darme cuenta de cómo una decisión o casualidad lleva a otra. Y eso me produce vértigo.

Cuántos momentos cumbres en mi vida que parecían cerrar un ciclo, llegar a una meta, conseguir unos objetivos: los títulos del colegio, instituto, universidad... obtener mi primera paga, descubrir el amor, los amigos... momentos todos irremplazables. La juventud además de llevar el ímpetu, el deseo, la alegría, subraya todos esos momentos pioneros de una manera irremplazable, sublime, única. Instantes claves que conforman la personalidad y trazan el ideario de gustos, valores, que definen la personalidad.

En mi memoria, rescataba mis años en la universidad y cómo sentía que el mundo se abalanzaba a la vuelta de la esquina, con sus alegrias y sobre todo, con sus desencantos, en esa sensación triste que supone dejar atrás definitivamente la niñez (bajo el manto protector familiar) para abrirnos hueco a codazos por ser un ciudadano más de a pie. Con la lógica caida de los mitos de juventud, que supone dar ese transcendental paso. También recordaba, como agolpaba el deseo y el instinto en plena eferverscencia, ávido por explorar, experimentar, aprender, sucumbir para por último, domesticarse.

Pensaba en el piso de Granada, en el que conviví en una (real) armonia, con grandes e irremplazables compañeros-complices-hermanos de piso. Recordaba la terrible cotidianeidad de aquel lugar en el que pasé 8 años de mi vida y ahora (-lo se de primera mano-) lo consume el vacio, el silencio y el tiempo en forma de polvo, ácaros, polillas y demás huéspedes de los espacios solitarios. Una imágen romántica y patética de lo que fue y lo que es. Imagino el vacio que impregna cada habitación de aquel mítico piso, tan lleno de cotidianeidad en aquellos años que me hace ser un poquito extranjero de cualquier otro lugar.

¿Dónde estan aquellos sueños de juventud irrefrenables, liberados de toda carga? Pues simplemente en los sueños, como sueños que fueron. ¿Dónde estan aquellos personajes que descubrias con una complicidad natural? Diseminados cada uno en sus problemas de adultez, lejos de ensoñaciones y con un ojo puesto en los problemas administrativo-estatales-bancarios propios de la ciudadanía y el otro ojo en el apoyo y cuidado de la prole venidera, aceptando que la fatiga del cuerpo y el alma debe relegar la jovialidad pura e inagotable, a una extensión metafísica del yo (las nuevas generaciones).

Pensaba tambien, como a cierta edad se puede ver cláramente los desfases por los que la vida te va llevando. Cambios contextuales, tecnologicos, culturales, sociales... Es otro razgo de adultez. El niño, el que es niño en conciencia, lo es porque precisamente carece de ella en la visión del "ahora". Para el niño, no hay momento, sino eternidad... vino de la "nada" y su proximidad con ella lo lleva al infinito. A ese todo-es-asi-siempre, sin pasado y sin futuro. Un sentido absoluto y radical del mundo, que no conoce prejuicios ni límites. Para un niño es impensable que las cosas cambien, para un adulto todo es cambio en sí mismo, todo se va desvaneciendo....


....y solo nos quedan los momentos.
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