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El día despues

“Que cada día sea como si fuera el último”. Es lo que provoca la sensación de cerrar un periodo de tu vida, el inicio del fin, la despedida.

A lo largo de mi corta trayectoria como interino, he estado lleno de esos “últimos días”, todos ellos circunstanciales e intensos a la vez. Días de cambios, transiciones, en los que se acaba una función y vuelta a empezar. Todas esas idas y venidas embotan mis emociones, como un forense racionalizando cuerpos.

Es simplemente, una manera de adaptarse a un medio en continua mutación. Los actores se desdoblan para verse desde fuera, como si fueran público de si mismos. Ven a través de los ojos de los espectadores, de sus aplausos, sus risas, alegrías, indiferencias. Eso les hace más poderosos, domadores de todos sus instintos. Son capaces de archivar sus emociones como si fueran frascos de esencias para un público selecto. Este dominio de los estados de ánimo, su juego circense, les  posibilita superar contextos predecibles, repetitivos, rutinarios.

De alguna manera, todos somos un poco actores y más en nuestro trabajo. Gracias a ello, vamos entrando y saliendo en la vida de los niños, en su contexto para ellos siempre nuevo, impredecible y para nosotros pulsátil, cíclico, repetitivo como una rueda de molino. Representando de nuevo la misma función una y otra vez.

En todos mis cortas y repetitivas funciones, siempre hay elementos inesperados, nuevas oportunidades al “yo” en construcción… De igual modo, en todas las funciones una de las partes más importantes es el final, el desenlace. Es lo que quedará en la memoria a largo plazo, el sabor de boca después de un gran festín, las emociones que preceden al final, al recuerdo, al cambio y que podrán generar anhelo, una mirada atrás, nostalgia, indiferencia u odio. Es el momento del veredicto, del aplauso del público, donde el torero se juega su coleta y el actor el alimento de su alma, la propia visión de sí mismo.

En todos estos días de convivencia en la Soledad (extraño juego de palabras: convivimos en soledad), encontré situaciones de resistencia a simplemente “estar de paso”, a la soledad del corredor de fondo, al itinerante y que hace de la transición, del estar suspendido en un hilo, pura rutina.

Cada vez que terminaba mi “función” en un centro, era clave el día siguiente para sentir si era cierto alivio o nostalgia mi nueva situación. De algún modo, he ido desarrollando una capacidad de avanzar rápido, reciclarme, asumir, convertir en trámite todo el proceso de metamorfosis que supone la interinidad. Sin embargo, esta vez ha sido distinto.

Fue increíble para mi, sobre todo por lo inesperado (ya que aprendí hacer del cambio una rutina) el gesto de cariño y empatía de todos mis compañeros, deseosos de saberme, mostar un gesto apoyo y complicidad en el desenlace final. Han querido instalarse en mi memoria a largo plazo, nostálgica e ilusionante a la vez. En el camino de vuelta a Málaga, no dejé de pensar en todo lo que ha supuesto para mí esos últimos momentos, tan afectuosos y sentidos. Me he sentido extraño, muy gratamente sorprendido por tanto apoyo y cariño… nunca me había pasado esto.

Durante toda la noche, me he sentido extraño, con una mezcla de tristeza y felicidad. Tristeza, por no poder compartir, de nuevo, los increíbles ratos de mesa-camilla (o casi mesa-diván) con compañeros tan agradables (auténticos “personajes” como dicen por allí); y alegría, por reforzar mi ingenua idea de que vale-la-pena-confiar en las personas, poder hacer visible lo invisible de nosotros mismos, porque hay gente buena, empeñada en mejorar el pequeño mundo del que forma parte.

Gracias a todos por evitar rutinizar mis transiciones, por todas las muestras de cariño y apoyo… por instalaros en mi nostalgia.

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